Esta mañana, como cada vez que uso el coche para ir a mi trabajo, veo (y por poco siento) cómo los conductores, sin importar quién viene detrás, se cambian de carril en un afán de adelantar puestos y sumiendo, a sí mismos y a los demás, en un caos circulatorio.

Listos. De listos está lleno este país. Listos que se ríen porque tú no robas como ellos, porque tú irías a la cárcel y ellos saldrían ganadores de las próximas elecciones. Listos que engañan a los demás para que otros paguen el pato. Listos que no han pegado palo al agua pero que cobran como si hubieran sudado sangre. Listos que se hacen pasar por lo que no son. Listos que se creen con conocimiento absoluto, no importa la materia: su conocimiento viene de donde más ventaja, en falacia ad-verecundiam, les pueda proporcionar. Listos que se consideran superiores por casta, nacimiento o mera suerte. Listos que no miran atrás, que amordazaron su conciencia hace mucho. Listos que consideran su manera de vivir mejor que ninguna, que la imponen como adalides de la verdad sin plantearse demasiado su escala de valores.

Listos. De listos está lleno el país.

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